miércoles 20 de febrero de 2008

El día y la noche de la Plaza Garibaldi (México DF)



Por: La Calulax
Fotos: Pablo Campos


Nuestra colaboradora La Calulax, brinda ojos y percepción para llevar a los lectores de Poncigué a un recorrido por una clásica atracción turística de México DF, La Plaza Garibaldi.

La Plaza Garibaldi nació en 1850 con el nombre de Plazuela de Jardín.

Fue rebautizada en 1921 como Plaza Garibaldi, con motivo del centenario de la consumación de la Independencia Nacional, y en homenaje a Guissepe Garibaldi, combatiente italiano (Niza 1807 – Caprera 1882) que, aunque alcanzó fama por su participación en los conflictos bélicos que devinieron unificación política de Italia en el siglo XIX, también prestó su brazo en la guerra turco-rusa y en las revoluciones decimonónicas de Brasil y Uruguay, enfrentó a Napoleón y se apuntó a la Revolución Mexicana en 1991, ahí militó del lado de las filas maderistas que apoyaban al Partido Liberal.

Reconocida en el ámbito internacional como “la capital del mariachi”, representa uno de los sitios que sin duda alguna entran en cualquier agenda turística.

Tales eran mis expectativas cuando me acerqué al sitio para vivir la experiencia de primera mano.

Una vez en el lugar, y luego de atravesar la gran marquesina que ocupa la parte central, pueden apreciarse las esculturas de grandes intérpretes de la música ranchera como Alfredo Jiménez, Javier Solis, Lola Beltrán o Juan Gabriel, pero, lamentablemente, la emoción por visitar la plaza se dispersa bien pronto cuando puede detallarse a plena luz del día: establecimientos abandonados, y sus fachadas, en total descuido.

Hacia ambos lados de la Plaza se encuentran puestos de artesanía, que no atraen turistas: son más lo que están con la santa maría abajo que los que están abiertos al público. Se ven apartados, desolados y dan en todo caso la impresión de inseguridad. Sobre esto último acoto que un hombre de 40 años de edad fue asesinado en sus inmediaciones, conocidas como “zona peligrosa”, apenas comenzar el año 2008.

Actualmente se encuentran en arreglos las tuberías que la atraviesan, y aunque no critico en absoluto que se trabaje en pro de repararla, hay que tomar en cuenta que si por desgracia no se tuvo más chance en la agenda de viaje que asistir en el mes de enero para conocerla, el visitante se encontrará con los escombros, la suciedad, el recuerdo dejado por algún que otro “borrachito de plaza”, y el desagradable olor que desprenden las cañerías, lo que no hace agradable el paseo.

Según los comentarios de algunas personas a las que consulté sobre el estado de la plaza, en claro contraste con la imagen internacional que se tiene de ella como sitio turístico, la vida de la Plaza reside en las noches, cuando uno ya se ha pasado por varios bares y se termina el paseo cantando con los mariachis.

Ahora bien, en la situación actual del mercado laboral mexicano la oferta de trabajo es escasa, razón por la que el gremio debe disputarse a los clientes para lograr, al menos por una noche, algún ingreso.

En medio de la disputa que se arma, el transeúnte debe lidiar además con algunos “mariachis japoneses”, personas de nacionalidad japonesa que visten con trajes de mariachi para entrar en la competencia. Obviamente esto indigna a la mayoría de los músicos que laboran en el sitio, pues según ellos, el ejercicio de la profesión nace con los propios genes.

Los precios no son nada asequibles para el bolsillo, pues oscilan entre USD$10 y USD$300, según se trate de una canción o una hora de música.

Me acerqué bastante emocionada a un grupo de mariachis que le estaban prestando sus servicios a unos extranjeros, y no me detendré en el estado de ánimo del grupo de músicos en cuestión que dejaba mucho que desear, me referiré específicamente a sus instrumentos, claramente desafinados, por lo que su interpretación de “Cielito Lindo”, una de mis canciones preferidas, fue una experiencia frustrante.

Sólo me resta el utópico anhelo de que como latinoamericanos evitemos conformarnos con el relato hablado de la maravillosa historia que rodea a la Plaza Garibaldi, que nos relata los grandes eventos y festines nocturnos celebrados año tras año, recalca su importancia como centro turístico, y esconde esta otra cara que vemos a la luz del día.

Tampoco pretendo que se desate una cacería de brujas en la búsqueda de los responsables de su estado actual. Lo que sí me gustaría que quedara en la conciencia de los turistas, trabajadores, transeúntes o borrachos comunes de la zona, es que aunque en tiempos cercanos no esté previsto algún trabajo de rigor que ponga al mismo nivel su vida nocturna con su vida matutina, tampoco se debe contribuir con su deterioro.